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Oskar Matute: "“El Guggenheim de Urdaibai: paradigma cultural o negocio insostenible”"

“El Guggenheim de Urdaibai: paradigma cultural o negocio insostenible”, por Oskar Matute

Suele decirse que, cuando uno tiene que recurrir al empleo de vocablos complejos encadenados, o expresiones rimbombantes, lo hace para tapar una falta de fondo o veracidad en su planteamiento. Intenta así, desviar el foco de atención y dotar de complejidad hasta hacerla incomprensible a una idea o proyecto, con el objeto de que el receptor de la misma desista y deje el terreno libre para quien dice saber que quiere decir y pretende, tal aseveración.

Esto y no otra cosa es lo que está sucediendo con el debate suscitado en torno a la construcción de un nuevo museo Guggenheim en el corazón de la reserva de Urdaibai.

Cierto que su construcción está aún en entredicho, atendiendo a los mensajes disonantes que llegan desde las instituciones encargadas de poner en pie tan megalómano, oportunista e interesado negocio.

Hace ya unos cuantos años, en política era habitual agarrarse a una máxima jesuítica, muy implantada en estos lares, que venía a decir algo así como que “en tiempos de crisis, no hacer mudanzas”. Si esta lógica siguiera teniendo plena vigencia y obediencia por aquellos que gestionan los recursos de todas y todos, esta polémica, estaría ya zanjada. Se esperarían tiempos mejores y punto.

Pero como quiera que la obediencia a este precepto ha sido superado por otra que entronca con la esencia misma del capitalismo, “tiempos de crisis, espacio de oportunidades” pues hoy nos vemos enfangados en pleno debate.

Sólo así se explica la persistente contumacia con la que el Diputado General de Bizkaia y su equipo defienden y promueven la construcción de este nuevo museo en un espacio protegido.

Supongo, que para que les dejemos hacer nos inundan con definiciones tales  del proyecto como, “paradigma cultural”, “Davos de la innovación”, “ampliación discontinua y multidisciplinar”, “faro cultural integrador e integrado”, y como no la clásica de “proyecto de país”.,

Como pueden ver con esta cascada de calificativos inconclusos, pretenciosos y validos para casi cualquier cosa, cumplen al pie de la letra el precepto de la complejidad que señalaba al comienzo del artículo.

Y las declaraciones del Diputado General, el señor Bilbao, este mismo mes, aseverando que “no corre el riesgo de quedarse en un cajón porque hay crisis” se adapta como un guante a la idea, también señalada líneas más arriba de que “tiempos de crisis, momento de oportunidades”.

Que la crisis existe, ya nadie se atreve a ponerlo en cuestión, y que en la construcción de este nuevo museo, algunos listos han visto la oportunidad de hacer negocio, cada vez resulta más obvio.

Supongo que ya a nadie de ustedes le quedara duda alguna de mi posición respecto a tal proyecto.  Evidentemente estoy en contra. Lo estoy por muchas razones. Pero como quiera que  mi tiempo, el espacio asignado a este artículo y su paciencia son finitas, deslizaré mis argumentos para oponerme al Guggenheim Urdaibai, únicamente desde dos vectores o ejes. El medioambiental, y el económico.

Desde el plano medioambiental resulta increíble que se designe como lugar escogido, uno que está situado en pleno corazón de la reserva natural de Urdaibai. Una reserva, única de la biosfera en nuestro país, que fue reconocida por la UNESCO en 1984.

Así pues, a nuestros queridos gobernantes, no se les ocurre otra cosa para dotarle de un mejor entorno al citado museo, que  implantarlo y  clavarlo en el corazón mismo de la reserva, sin atender ni por un momento a los riesgos que la implantación en ese lugar, la afluencia de visitas y el número de vehículos desplazados suponen un riesgo alto, altísimo para la conservación de dicha catalogación medioambiental.

Claro que alguno pensará, que no debiera de extrañarme de esta falta de sensibilidad, respeto medioambiental y estrechez de miras de tales dirigentes. Sobre todo, cuando son los mismos o parecidos que permitieron que todo un ex-Lehendakari, el señor Ardanza, instalara su chalet en medio de la reserva hace ya algunos años.

Como pretenden sino explicar que las 150.000 visitas anuales que estiman pueden llegar a tener, no vayan a suponer una alteración constante y permanente de las condiciones de la reserva. No destaca el ser humano, por ser una especie modelo de ejemplo en el respeto de su medio natural.

¿De qué forma van a llegar al museo? Me temo que andando no, así que se incrementará notablemente el tráfico de vehículos con el consiguiente aumento de CO2 y con el efecto nocivo y directo que dichas emisiones van a causar sobre el mismo terreno, sin necesidad de elevarnos hasta la capa de ozono, que también.

Y claro, para esos vehículos habrá que ampliar y mejorar los accesos, esto es, más cemento y devastación del medio.

Por supuesto, para acometer dicha obra, por mucho que se reutilicen parte de los edificios que albergan las colonias de verano de Sukarrieta, hay que vulnerar la ley de costas. Sí, esa famosa ley que trae de cabeza a los ayuntamientos con litoral del conjunto peninsular, por pasársela por el forro durante años en la búsqueda de mayores beneficios vía pelotazos urbanísticos. Ya ven, en esta materia, el hecho diferencial vasco brilla por su ausencia.

Y para saltar tan “pequeña” nimiedad jurídica  y dar satisfacción a quienes desde las filas del  partido del señor Bilbao, el PNV,  proclamaban solemnemente que la actual catalogación de reserva natural impedía el desarrollo urbanístico e industrial de la zona, pues se quieren acoger a una clausula  de la declaración de reserva de la biosfera que dice: “se permitirán aquellos proyectos que no puedan tener otra ubicación, o presten servicios necesarios o convenientes para el uso del dominio público.”

Una lectura parcial, interesada y cogida por los pelos que raya la prevaricación y cae en el abuso de poder más absoluto. ¿No puede tener otra ubicación? ¿Es necesario o conveniente para el uso del dominio público la construcción de un museo de titularidad privada? Decididamente sí a la primera pregunta, y radicalmente no a la segunda interrogante. Así de claro.

Esto, en breves retazos en lo que al plano de la sostenibilidad ambiental se refiere.

Pero como quiera que estamos en crisis, también conviene desmontar parte de las informaciones y aseveraciones vertidas con el fin de dulcificar dicho proyecto y venderlo como la panacea que alivie nuestras penas y nuestras maltrechas economías.

Plantean un coste para la obra de 384 millones de euros, dividida la inversión a lo largo de 4 ejercicios presupuestarios y a aportarse por las instituciones forales y autonómicas principalmente.

La determinación de la entidad foral es clara, de hecho en el presupuesto de 2009 figura ya una partida para la elaboración de una propuesta preliminar por valor de 1 millón de euros. Además de inscribir dicha actuación en el “Plan contra la desaceleración económica”.

Lo que no está tan claro es el compromiso del Gobierno Vasco. Y es que, si uno atiendo a lo manifestado ayer mismo por el Viceconsejero de Cultura, el señor Rivera, por el que a fuer de ser sincero, debo reconocer que siento cierta estima, se podría concluir que su apoyo está en el aire, y más cerca de un no que de una respuesta afirmativa.

Sin embargo, mucho me temo que la historia se repita, y al igual que con el Guggenheim Bilbao hace ya algunos años, éstos, los señores del PSE, estén siguiendo el mismo guión que antaño, validando finalmente dicha infraestructura o equipamiento y apuntándose el tanto de la construcción en última instancia a cambio de pequeñas modificaciones.

Pero no hace falta retrotraerse tantos años, para comprender mi temor y mi escepticismo con la posición final de los miembros del PSE. Basta con mirar lo ocurrido con el campo de futbol “San Mames Barria”. Amagar, amagar y al final tragar. Eso sí, con arrancar que el campo pueda ser utilizado en alguna ocasión para un fin distinto al proyectado, tan felices. Espero que ese fin aludido, al menos no sea el que algún otro partido del Ayuntamiento de Bilbao sugirió como ejemplo (y no me refiero al PP), que pudiera albergar la visita del Papa. Esperpéntico sin duda.

Pero volvamos a las cifras, hablan del tirón económico del museo Guggenheim Urdaibai diciendo que éste va a generar 85′7 millones de euros de ingresos anuales y 926 empleos. Lo dudo y mucho.

Dudo mucho que se alcancen esos ingresos porque no necesariamente se va a conseguir el trasvase anhelado de interesados en el Guggenheim Bilbao que posteriormente se desplacen hasta Sukarrieta. Y porque dudo mucho también, que las pernoctaciones vayan a tener que aumentar de la  1′8 actual de media a las 2′6 proyectada para obtener dichos ingresos. En el caso de asistir a los dos museos perfectamente lo pueden cuadrar en el mismo día, máxime teniendo en cuenta que buena parte de los visitantes del museo lo hacen dentro de circuitos o tours intensivos que minimizan la estancia en los lugares a cambio de la visita a más localidades o parajes.

Y esto por no hablar de los empleos supuestamente generados. Muchos de los cuales obedecen a un empleo temporal y precario en la construcción del museo, desapareciendo después. Y los otros empleos de mano de obra, míseramente remunerada en el sector servicios, están al albur, de la consecución de los objetivos fijados en torno a la asistencia al museo y el aumento de la pernoctación.

Pero de todo esto lo más importante, lo que suele quedarse en un interesado segundo plano, tiene que ver con lo evidente. En este negocio, quién pone el dinero y quién se lo queda.

Pues bien, el negocio funciona así. Las instituciones públicas ponen el dinero, o sea nuestro dinero, para construir el museo. Éste, a su vez,  crea tres organismos, dos sociedades instrumentales  con capital público al 100%  y una fundación de carácter privado.

De tal forma que, una de las sociedades tiene un carácter inmobiliario (gestora de los terrenos adquiridos con dinero público) y la otra una sociedad tenedora ( compra con dinero público obras de arte). Esta última tristemente famosa en el caso Guggenheim Bilbao por el desfalco y pérdida de capital por compra de divisas hace escasas fechas.

En cualquier caso, ambas sociedades financiadas al 100% a costa del erario público tienen por encima una fundación de carácter privado, que es la que gestiona el museo y obtiene los beneficios de su explotación.

Esta fundación, según la ley vasca 12111994, limita la participación pública de forma taxativa, diciendo que “la participación pública minoritaria se limita a la gestión, control y seguimiento de la subvención pública anual, no siendo posible una actuación integral sobre la gestión de la fundación”.

O lo que es lo mismo, la sociedad vasca compra los terrenos, construye el museo, compra los cuadros pero la taquilla y el beneficio para la fundación. Una fundación donde la presencia de Iberdrola, Petronor o el BBVA es mayoritaria.

Por todo ello, me manifiesto con rotundidad en contra de este nuevo robo a la sociedad vasca, a usted, a mi, a todos nosotros y nosotras.

Porque si el Guggenheim le da a Bilbao orgullo, a sus propietarios les da el dinero.

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