El corazón de Urgull no es sagrado
Con la limpieza de las viejas murallas de la ciudad las y los donostiarras hemos descubierto un patrimonio arquitectónico que estaba oculto entre la maleza y que, por desidia, había pasado al olvido colectivo. La limpieza ha supuesto dar realce a una estructura defensiva casi desconocida entre la ciudadanía. Quizás es exagerar demasiado decir que era desconocida, pero creo que, en gran parte, no estaba puesta en valor.
Con la caída de las hojas en otoño, el viejo castillo militar y las murallas asoman en la cima de Urgull queriendo llamar la atención sobre una estatua con la que no han podido las malezas. Es precisamente ahora, en otoño y con las murallas limpias, cuando se puede ver que el Sagrado Corazón y el conjunto arquitectónico no pegan ni con cola y es, en este momento, cuando much@s se preguntan de dónde viene esto.
El Sagrado Corazón es una imposición que se realizó no para ensalzar los valores cristianos –que son tan respetables como los míos-, sino como símbolo de un régimen totalitario que encarnaba el nacional catolicismo resultante de un golpe de estado a una República democrática. Y eso se hizo con una fea escultura de diseño fascista en la misma década en la que el obispo donostiarra obligaba a los franciscanos de Arantzazu a retirar los 14 apóstoles de Oteiza (uno de los símbolos de la nueva escultura vasca tan celebrada cuando esos Reyes vienen a otras cosas) por "blasfemos".
El debate que planteamos no trata sobre si quitar o no en estos momentos el Sagrado Corazón, sino de plantear si este monumento debería estar protegido y catalogado en el Plan General –algo que hasta ahora no sucede-. Se trata de proteger, desde el punto de vista administrativo, lo que tiene valor y descartar aquello que no tiene relevancia artística ni histórica. Comparar el Sagrado Corazón de Urgull con los Budas destrozados por los talibanes en Afganistán es de una grave ignorancia y de un argentario muy precario.
Por último, este debate sobre la protección de este monumento ha servido para realizar un poco de pedagogía –tan necesaria en la vida política- y de recuperación de la memoria histórica de la ciudad. Una ciudad donde se pactó por parte de las fuerzas de izquierda la II República en plena dictadura de Primo de Rivera. Y donde hubo cárceles y represaliados/as del franquismo, además de un combate casa por casa, calle por calle (Larramendi) para evitar que los fascistas llevasen a cabo la matanza que tenían programada.
Es de justicia histórica no proteger este monumento y demolerlo sería un ejercicio de madurez política, pero de eso ya tendremos tiempo en otra ocasión.
Jon
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